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martes, 8 de diciembre de 2009

PERFIDIAS SAGA. MINCCIO RIVALTA.



Cuatro vientos.


… En esta noche interminable siento como nunca tus reproches. Truenos, mientras dispersas tus lágrimas. Salpican estas el borde indiferente de mi ventana.


¡Cabalgas furiosa sobre el brillante relámpago de tus ojos dignos de Samara!


¡Contra mí la embestida de tu odio sin límite ni consuelo!

¡Te consume por dentro la pasión, devorando tus entrañas ya negras!

¡Te embellece la furia por fuera dándote un aspecto altivo y cruel que me agrada sobremanera!

¡Ay trueno que truenas en esta fatídica noche sin luna viuda de estrellas, cuantas han sido tus pérdidas…!

¿Podrás maldita hechicera contarlas en horas, o talvez en años y arrugas?

¿No será demasiado intentar evaluarlas en cantidad de veneno?

¡Hay mi niña que truenas, las añoradas pérdidas se han ido al igual que el caprichoso deseo!

¡Y tu boca tan roja sin fin grita mi nombre y de maldiciones le llena!

¡Le gritas, de pié descalza, sangrando lágrimas, aún más fuerte que esta tormenta!

¡Te veo y no te escucho, tan bella así, para mí, Tú, mi hermosa dama eres…!

¡Te veo y también escucho hacia mí, ¡OH pobre desgraciado!, tus hirientes insultos, que le cuentan, a los gritos, desde el dolor paridos, a estos helados y atronadores cuatro vientos, la historia de desdicha de la cual eres Tú mi prisionera!

Ha saber, ellos son:

Sobre tu desengaño y mi traición.

Sobre el granizo y la tormenta.

Las lágrimas vertidas sobre esta tierra umbría que se me antoja hoy tan dura y tan negra atestigua.

Tan manchada esta la Luna por mi engaño que no encuentra hoy ningún sosiego.

Solo alumbra el páramo y lo yermo.

¡Ocultar mi rostro pudiera de tus ojos esmeralda, solo esto me basta, bálsamo inmerecido!

¡He manchado mi corazón!

¡He secado el Tuyo!

¡Por siempre, mucho peor, he perdido, aquí hoy, toda mi alma!

¡Mi alma única y entera!

¡Llévame viento negro, hiélame la carne toda, elévame hasta la muerte, quítame de este duro suelo, donde el amor he perdido, donde el amor no he guardado, por un mísero momento, donde jamás ha sido, como me fue prometido!:

¡Eterno!.

Sí, te lo digo:

¡Eterno!.

¡Hay demonio mentiroso que dulce susurraste a mi oído!

¡Hay que estúpido que he sido al haberte escuchado atento!

¡Llévame viento iracundo, que eres cuatro, asolando la comarca toda con mis huesos!

¡Estréllame contra la nada, pues tengo la sensación que la niebla ya me envuelve, siendo, entonces este y no otro el generoso momento!

¡Hazlo!

¡Te lo digo, te lo imploro, te lo mando!

Minccio Rivalta

04/11/2001

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